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La noche de Halloween había llegado, y las calles estaban llenas de risas, sombras y luces
anaranjadas. Sara y Emma salieron de casa emocionadas.
Sara iba disfrazada de payaso: la cara blanca y una sonrisa pintada que parecía no
terminar nunca. Emma, en cambio, llevaba un disfraz de niña mala, con vestido oscuro,
medias moradas a rallas y una mirada traviesa.
Caminaron por la calle tocando puertas y diciendo “¡truco o trato!” con entusiasmo. La
gente se detenía a mirarlas: una payasa alegre y una niña misteriosa, tan distintas y tan
cómplices.
En un momento, Emma se escondió detrás de un coche y, cuando Sara pasó, salió de
repente.
—¡Buu!
Sara fingió asustarse, llevándose las manos a la cara… pero enseguida respondió haciendo
una mueca exagerada y cruzando los ojos. Emma no pudo evitar reírse.
—Creo que tú ganas —dijo Emma entre carcajadas.
—No, ganamos las dos —respondió Sara—. Tú asustas y yo curo el susto.
Con las bolsas llenas de dulces y las risas aún flotando en el aire, siguieron caminando
bajo la luna. Aquella noche descubrieron que el mejor disfraz no era el que llevaban
puesto, sino la alegría de estar juntas.
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