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Emma y Sara, llegaron muy temprano a una playa de arena finísima que parecía polvo dorado.
         El sol apenas asomaba y el mar estaba tan tranquilo que parecía dormido.


         —Mira, Emma —dijo Sara—, la arena es tan suave que parece harina.
         Emma se quitó las sandalias y caminó despacio. Sus pies se hundían sin hacer ruido, como si la
         playa guardara secretos.


         Las dos hermanas empezaron a construir un castillo enorme con torres altas y un puente hacia
         el agua. Cada vez que el mar se acercaba, dejaba pequeñas conchas brillantes, como si

         quisiera ayudarlas.
         —Es un regalo del océano —susurró Emma.


         Sara encontró una caracola y la acercó al oído de su hermana. Dentro se escuchaba un sonido
         suave, como el viento.
         —Es la voz del mar —dijo Sara—. Nos está contando historias.


         Se sentaron mirando las olas, sintiendo el sol calentando la arena finísima. En aquel lugar todo
         parecía más tranquilo, más limpio y más feliz.



         Desde ese día, Emma y Sara supieron que aquella playa no era solo una playa, sino un lugar
         mágico al que siempre podrían volver juntas.
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