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Dando de comer a las gaviotas
Un sábado por la mañana, Sara y Emma se prepararon para una excursión muy
especial. Iban a subir a una pequeña lancha junto a su familia para recorrer la costa y
vivir una experiencia que nunca olvidarían. El mar estaba tranquilo y el cielo
despejado, perfecto para navegar.
Cuando la lancha comenzó a moverse, Emma se agarró al borde, emocionada.
—¡Mira cómo salta el agua! —decía riendo.
Sara, observaba las olas y las gaviotas que ya empezaban a volar cerca.
El marinero que guiaba la lancha sacó una bolsa.
—Hoy vais a dar de comer a las gaviotas —dijo—. Pero con cuidado.
Dentro había mejillones cocidos. Sara cogió uno, pero Emma dudó un momento.
—¿Y si me pican?
—Si lo hacemos con precaución no pasa nada, dijo el marinero.
Sara estiró la mano y, en un instante, una gaviota bajó en picado y cogió el mejillón
con su pico.
—¡Lo ha cogido! —gritó emocionada.
Emma se animó. Cogió uno y cerró un poco los ojos al levantar la mano. Una gaviota
se acercó suavemente y lo tomó sin hacerle daño.
—¡Lo hice! —dijo, sorprendida y feliz.
Pronto las rodearon varias gaviotas, volando sobre la lancha, esperando su turno. El
sonido de sus alas y sus gritos llenaba el aire. Sara y Emma no paraban de reír
mientras les daban más mejillones.
Después, se sentaron juntas mientras la lancha seguía su camino. El viento les movía
el pelo y el sol brillaba sobre el agua.
—Ha sido increíble —dijo Emma.
—Sí —respondió Sara—, parecía que tenían mucha hambre.
Al volver a tierra, sabían que aquella excursión sería una de esas historias que
contarían muchas veces, recordando el día en que dieron de comer a las gaviotas con
sus propias manos.
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