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Sara y Emma viajaban juntas en un tren que avanzaba despacio,

             como si no quisiera romper la calma del paisaje. Sentadas junto a la
             ventana del vagón, observaban cómo el mundo se deslizaba en

             silencio: prados verdes, casas solitarias y árboles que parecían

             saludar al pasar.
             Emma apoyó la frente en el cristal, dibujando con el aliento una

             nube que desaparecía en segundos. Sara señalaba a lo lejos,

             inventando historias para cada lugar: una casa roja donde vivía una
             mujer que hablaba con los pájaros, un río que guardaba secretos

             antiguos.

             El traqueteo del tren marcaba un ritmo suave, casi hipnótico. A
             veces no hablaban; solo miraban, compartiendo ese instante sin

             necesidad de palabras. Había algo especial en viajar así, en dejarse

             llevar sin prisa.

             Cuando el sol comenzó a caer, el paisaje se tiñó de dorado.
             El tren seguía su camino, pero para ellas, lo importante no era llegar,

             sino todo aquello que descubrían juntas al mirar por la ventana.












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