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Sara y Emma de pequeñas compartían tardes interminables:

            inventaban historias, construían refugios con mantas y

            discutían por cosas que olvidaban al minuto siguiente. Sara

            enseñaba, Emma aprendía… pero también cambiaban los

            papeles sin darse cuenta. Porque a veces era Emma quien le

            recordaba a Sara cómo proceder.


            Crecieron entre pequeñas aventuras: caminos de tierra,

            veranos que parecían no acabarse y días en los que el tiempo

            se detenía solo para ellas. Sara protegía; Emma confiaba. Y en

            ese equilibrio sencillo, casi invisible, se tejía algo más fuerte

            que cualquier promesa.


            No todo era fácil. Hubo enfados, silencios y puertas cerradas.

            Momentos en los que parecían estar en mundos distintos.

            Pero siempre había algo —una mirada, una palabra a medias,

            un gesto antiguo— que las devolvía al mismo lugar.

            Porque, aunque cambiaran los años, los gustos o los caminos,

            seguían siendo lo mismo: dos hermanas que habían aprendido

            a crecer juntas.


            Y en el fondo, sin decirlo nunca en voz alta, ambas sabían que

            pasara lo que pasara, siempre encontrarían la forma de volver

            la una a la otra.
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